sábado, 3 de octubre de 2009

INCONCLUSO

Tuve muchas. Tal vez demasiadas. Algunos inútiles dicen que soy adicto, que tengo un problema con ellas. Pero no entienden nada. Yo nací para esto, y no para otra cosa, como creí toda mi vida. Y dejen de decir que son conflictos no arreglados con mi mamá, la pobre no tiene nada que ver. Si me habrá cuidado mamá, se desvivía por mí. Yo era su nene, su cosita, su corazón. Pobre mamá. De todas formas no cualquier aguanta un cáncer de hígado tantos años, pero la quimio la terminó de destruir. De todas formas, suerte que no está viva para ver esto que está pasando. No lo soportaría, era tan delicada y frágil ella. Como decía, tuve muchas. Pero nada como la primera. Siempre hay cierta magia alrededor de las primeras veces; la primera comunión, la primera cita, el primer beso, la primera relación sexual...siempre es diferente. No se ustedes, pero yo recuerdo la primera vez como si hubiera sido ayer, cada detalle, cada sonido, cada visión, cada momento, irrepetible. Lo extraño es que no recuerdo su nombre. Estoy seguro de que era algo terminado con "ina"...Romina, Carina, Agustina...Agustina...ese era el nombre. La conocí una noche en un bar de Libertador. No era la gran cosa, cuerpo dentro de todo normal, la cara tampoco era un gran lujo, pero bien lo dijo el sabio: "Para el hambre no hay pan duro". Y me acerque a hablarle nomás. Era simpática. Rápidamente encontramos varios puntos en común para charlar, música sobre todo. Es increíble como la música conecta a la gente. Trago va, trago viene, nos empezamos a poner lo que se dice alegres, y antes de darme cuenta ya estábamos charlando de temas no tan inocentes. Y así, sin tantas vueltas le di un beso. Primero fue uno de prueba. Uno no se tira a la pileta sin estar seguro de que abajo hay agua. Como ella respondió de igual manera me jugué e intenté nuevamente, pero esta vez fue más agresivo. Y no noté quejas al respecto. Tengo que admitirlo, no soy un gran besador, pero ella era diez veces peor. En fin, a medida que aumentaba la pasión, yo pensaba a mil por hora en algún lugar cercano donde pudiéramos conocernos "más a fondo". No se me ocurría nada. No me ubicaba por la zona. Y creo que ella debe haberse dado cuenta que estaba pensando en eso, porque repentinamente cortó el beso y se levantó, haciéndome señas para que la siguiera. Digamos que entre el alcohol consumido y la excitación del momento yo no estaba del todo conciente, así que sin titubear la seguí. Me llevó a través de un pasillo que iba hacia la parte trasera del bar, al final del cual había una puertita que daba al callejón del fondo. No había nada más que un conteiner para basura, algunas bolsas desparramadas por ahí y una bicicleta toda oxidada apoyada contra la pared frente a la puerta. Una vez allí ella se abalanzó sobre mí, y sin darme tiempo a nada empezó a acariciarme frenéticamente, de una forma lindante a la violencia. Yo me dejé llevar un poco hasta que entendí como venía la mano. Le excitaba el forcejeo, la lucha, la agresividad. Y no sé porqué, pero me gustaba. Hasta que ella me pidió que la acogotara. Primero le sonreí picaronamente, dando por sentado que había entendido su chiste. Pero un minuto más tarde volvió a pedírmelo, y esta vez me miró fijo a los ojos, sosteniéndome la mirada, aseverando lo que había dicho con su mirada. Me quedé como helado, no sabía qué hacer, nunca me había pasado algo así. Con mucho temor subí mis manos hacia su cuello, y suavemente aplique algo de presión. Pero me insistió en que lo hiciera más fuerte. A medida en que aumentaba la presión ella parecía aumentar su goce. No sé porqué, pero de golpe empecé a sentir una extraña corriente de adrenalina por el cuerpo. No era excitación sexual, era otra cosa, algo diferente, algo que de a poco me hizo aumentar la fuerza sobre su débil y sedoso cuello. Puedo ver en mi memoria el momento exacto en que su expresión pasó del placer a la preocupación a medida que sentía la presión sobre su cuello, para luego pasar al terror absoluto. Intentó articular alguna palabra de queja, tal vez de socorro, pero ya era tarde. Yo me encontraba ensimismado en mis propios pensamientos...o mejor sería llamarlos no-pensamientos, ya que mi mente se encontraba en blanco, cegada por esa sensación de adrenalina que recorría cada centímetro cúbico de mi sangre. Tampoco pudo luchar físicamente, ya que la posición a la que habíamos llegado previamente le disminuía los movimientos hasta casi anularlos a menos que yo me alejara, cosa que no iba a suceder. Y de golpe, nada. Quietud. No más gemidos, ni forcejeos, ni expresiones. Nada. Fue en cierto modo decepcionante, pero ese sentimiento fue rápidamente reemplazado por otro que todavía no había hecho aparición. Miedo. Me di cuenta de lo que había hecho. Había asesinado a una persona. ¿Qué pensaría mamá cuando se enterara? Y suerte que papá ya está en algún lado mejor, sino no se que podría sucederme. Esa no era la educación cristiana que tanto se habían esforzado en pagar cuando era niño. Esos no eran los valores que me habían inculcado en casa. Pero no era momento de lamentarse. Lo hecho. hecho está dicen algunos. Y razón no les falta. Tenía que pensar rápido. ¿Me había visto alguien en el bar con ella? ¿Me habían visto cruzar el pasillo siguiéndola? Era poco probable. Yo nunca fui de esas personas que atraen la atención al pasar, y tampoco busqué hacerlo en ningún momento. Eso me llevó a convertirme en una persona de muy bajo perfil. Uno podría pasar horas sentado al lado mío y no darse cuenta. Lo que me preocupaba era que la hubieran visto a ella. Aunque tampoco podría decirse que llamara mucho la atención. Como dije anteriormente, no era la gran cosa. De pronto todo se volvió claro. Tapé el cadáver con algunas bolsas de basura que andaban dando vueltas por ahí, metí las manos en mis bolsillos y empecé a alejarme lentamente por el callejón, hasta llegar a la calle principal donde me uní al resto de los peatones como si fuera uno más de todos ellos. Yo no vivía muy lejos de allí, por lo que en quince minutos estaba abriendo la puerta de mi casa. Mi cabeza seguía girando en torno a lo sucedido momentos atrás en ese callejón escondido del mundo. Y así estuve toda la noche. Apenas cerraba los ojos revivía en mi cabeza cada segundo, cada suspiro, cada movimiento, y trataba de revivir esa sensación. Pero no podía. A pesar de retener en mi mente hasta el más ínfimo detalle, no podía sentir lo mismo. Tenía un vago sabor de ese sentimiento en mi cuerpo cada vez que lo recordaba, pero no era lo mismo. Era solo un dejo de aquello que me había recorrido cada célula del cuerpo. Cuando el sol finalmente se hizo presente a través de la ventana me decidí a levantarme. Prendí la televisión para ver si nombraban algo al respecto sobre mi "pequeña travesura" nocturna. En uno de los noticieros solo hicieron mención del hallazgo del cuerpo de una prostituta en un callejón. La policía casi aseguraba que se había tratado de un intento de robo, y no le dieron mayor importancia. Mientras tanto yo seguía con mi frustración. Había experimentado algo único y no veía la forma de recuperarlo. Así estuve las semanas siguientes. Me sentía perdido. Pero había una idea, una idea que había nacido como un chiste, pero a medida que pasaba el tiempo ese chiste había ido tomando importancia en mi cabeza. Tenía que hacerlo de nuevo. Debía sentir nuevamente, me volvería loco de no hacerlo. Y así fue como empecé a planear la segunda, y la tercera, y la cuarta. Poco a poco iba perfeccionándome. El modo de operar era prácticamente el mismo con cada nueva compañera. Encontraba un bar en una zona no muy concurrida y en lo posible de aspecto más bien oscuro. Mientras más tenue fueran las luces, mejor. Una vez adentro era todo bastante simple. Nunca falta en este tipo de sitios aquella mujer que busca matar las penas con algunos tragos. No quieren llamar la atención, no quieren hacer nada, simplemente quieren olvidar en soledad. Lo mejor de todo es que generalmente buscan un lugar alejado de sus respectivas casas, lo único que necesitan es cruzarse con algún inoportuno conocido que les arruine la noche de melancolía. Este tipo de mujeres ubicaban el centro de mi búsqueda. No siempre tenía suerte en encontrarlas, pero si lo lograba era prácticamente imposible que no llegara hasta el final del plan. El método que utilizaba era siempre el mismo. Me acercaba sutilmente y como quien no quiere la cosa le preguntaba la hora, o si tenía fuego (a pesar de que siempre me pareció despreciable el acto de fumar), empezábamos a charlar y una cosa llevaba a la otra. Como generalmente estas señoritas se encontraban con su autoestima muy por debajo de lo normal era fácil dirigir la conversación hacia los lugares que me interesaban, así como intentar aproximarme lentamente sin que ella se opusiera. Era fácil ejercer cierto dominio mental sobre ellas. Luego de eso llegar a la pasión era cuestión de gravedad, caía por su propio peso. Y los noticieros seguían haciendo escasa alusión a estos hechos. Un asesinato por aquí, otro por allá, en fin, las cosas que hacían a todos los días, nada extraño. Eso sí, yo me aseguraba de dejar pasar cierto tiempo entre un hecho y el otro, y jamás repetía el lugar. Es más, los buscaba lo más separados posibles. Tampoco soy un idiota. También tomaba otros tipos de precauciones, tales como empezar a usar guantes, cambiarme un poco el aspecto cuando iba a estos antros, evitar llamar la atención de cualquier manera posible, y varias cosas más que fui aprendiendo a medida que avanzaba en mi vicio. Pero no todo es color de rosa. De a poco y cada vez en mayor medida me fui dando cuenta del grado de dependencia que tenía para con esta sensación que me producía el asesinato de estas desgraciadas. Me di cuenta que necesitaba más, y empecé a hacerlo cada vez más seguido. Era como la cocaína es al cocainómano, o la nicotina al fumador. Ese nivel de adicción tenía yo. Ya no era algo que pudiera controlar, simplemente había tomado total control sobre mi persona y me dejaba llevar por él.

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