lunes, 22 de octubre de 2007

MALDITA REALIDAD

Yo era un chico feliz. Y cuando digo “feliz” me refiero al sentido literal de la palabra. Vivía en una casa hermosa, mis padres llevaban una buena relación de pareja y me daban todos los gustos, y hasta tenía un perro que se llamaba Mati. También tenía un mejor amigo, Leo, que era como mi hermano.

Y ciertamente que lo era. Todos los días, a la una en punto de la tarde, sonaba el timbre de mi casa, y yo bajaba velozmente a abrirle la puerta. Justo después de saludarnos, mi mamá nos servía nuestra comida favorita, milanesa con papas y huevos fritos. Después del almuerzo, como si fuera un ritual, subíamos a mi habitación y jugábamos Monópoli. Siempre ganaba yo, y Leo, como buen perdedor, me felicitaba. Podíamos estar horas jugando. Cuando nos aburríamos, porque aunque parezca mentira, tres o cuatro horas de Monópoli terminan aburriendo a cualquiera, bajábamos al jardín y jugábamos a la pelota. Pateando penales, no había nadie que se comparara con Leo. Podía meter un gol desde cualquier lugar de la cancha. Desde el frente, desde la esquina o desde cualquier punto que se le ocurriera tirar, él lo metía.

Cuando nos cansábamos de jugar a la pelota subíamos a mi habitación de nuevo, pero esta vez para ver televisión. Por lo general veíamos “Everybody loves Raymond” o “Seinfeild” en el canal Sony. Pero si no llegábamos a ver ninguno de los dos nos conformábamos con cualquier película que estuvieran dando en algún canal.

Como a las nueve de la noche, volvía a su casa, pero antes de salir siempre me prometía que al día siguiente regresaría.

Prácticamente esa era mi rutina de todos los días, excepto los domingos, que íbamos a Misa con mamá, a las once de la mañana. Desde que nací mamá siempre me llevaba a misa. Cuando le pregunté por qué íbamos, me dijo que nosotros éramos Católicos, y como tales, teníamos que concurrir a misa para poder aprender el camino hacia la salvación. Cuando me lo dijo, no la entendí, pero ahora comprendo.

El padre Francisco era quien nos daba las misas. Yo me había hecho muy amigo de él. Siempre, después de cada celebración, me regalaba un chupetín y me decía que era un chico único.

Mi vida era así, hasta que llegaron las malditas pastillas. Si. Malditas desde el día que el doctor le dijo a mamá que yo tenía un problema. Malditas desde el día que mamá me dijo que tenía que tomar un remedio, que no tenía nada grave, que eran para prevenir un posible problema. Y yo, sin preguntar que problema estaban previniendo, las empecé a tomar. Los primeros días no sucedió nada fuera de lo común. Pero después de una semana, empecé a notar cambios.

Pasó que un miércoles Leo no llegó a la una, cosa bastante rara. Tampoco llegó a las dos, ni a las tres, ni a las cuatro. Quise llamarlo por teléfono, para ver que había sucedido, pero me acordé que nunca le había pedido su número. Así que no tuve otra opción que esperar al día siguiente para preguntarle.

Pero al otro día sucedió lo mismo. Le pregunté a mamá si sabía la dirección de Leo. Pero me dijo que no conocía a ningún Leo. Creyendo que estaba bromeando, le expliqué que él era mi mejor amigo, de toda la vida, ese chico que venía todos los días a jugar conmigo, que pasábamos horas jugando al Monópoli o al fútbol. Pero ella siguió sin entender. Le dije que no jugara más, que le estaba hablando en serio, pero me miró con esa expresión que pone la gente cuando ve a alguien que dice locura tras locura. Era inútil. Mamá no quería entender.

Se me ocurrió buscar el número de la familia de Leo en la guía telefónica, pero tampoco sabía su apellido. No tenía forma de comunicarme con él.

Y Leo no apareció en toda la semana. Ni en la siguiente a la siguiente. Y yo seguía tomando esas pastillas.

Un día, de repente, se me ocurrió la idea que las pastillas tenían algo que ver con la desaparición de Leo. Desde ese momento, cada vez que mamá me acercaba el vaso con agua y la servilleta con la pastilla, yo simulaba que la tomaba, pero apenas ella se daba vuelta, yo escupía el maldito medicamento. Después de un tiempo de proceder de esa manera, como si fuera un milagro, apareció Leo.

Apenas llegó, le pregunté qué le había pasado, por qué se había ausentado tantas semanas. Pero me respondió todo con evasivas. Me dijo que lo importante era que ahora estaba de vuelta. Así que subimos, y empezamos a jugar Monópoli.

Estaba tan feliz de estar con él nuevamente, que cuando me dijo que tenía que irse, casi me pongo a llorar.

Tan distraído estaba cuando mamá me acercó el vaso con agua y la pastilla, no me fijé que, al momento de escupirla, ella todavía me estaba mirando. No puedo explicar el estado en el que se puso. Jamás creí que mamá pudiera enojarse tanto conmigo. Al instante me obligó a tomar otra pastilla, y, desde ese momento, me vigilaba cada vez que debía tomar el vil medicamento.

Y sucedió lo que yo no quería que sucediera. Leo dejó de ir a visitarme. Tan mal me puse, que entré en tal estado de depresión que mamá tuvo que llevarme de urgencia al hospital, creyendo que yo estaba enfermo. Los médicos que me atendieron le recomendaron que me dejara un par de noches en el hospital para que pudieran observarme.

Antes de dejarme solo en sala, me dijo que tenía que hablar de algo muy importante. Casi entre lágrimas, me explicó que estaba enfermo. Que padecía esquizofrenia, y que por eso tenía alucinaciones. Empecé a reírme, no podía creer lo que me estaba diciendo.

Le dije que en todo caso era ella la que sufría alguna enfermedad, porque no era posible que, después de casi toda la vida de conocer a Leo, me preguntara quien era él.

Mamá se puso a llorar desconsolada, y salió de la habitación corriendo. Entonces entró un médico, que según la tarjetita que llevaba en el pecho se llamaba Daniel Pirinello. Le pregunté si sabía por qué mamá había salido corriendo de la habitación, y me dijo que ella necesitaba un descanso. Entonces se sentó en el borde de la cama y me pidió que lo escuchara con mucha atención, que tenía que hablarme de algo muy serio. Su cara no era nada agradable, y me dio un poco de miedo. Pensé que algo grave me estaba pasando, alguna enfermedad terminal o algo así. Pero no. Me dijo exactamente la misma locura que mamá, que yo tenía una enfermedad que me hacía ver cosas que no existían y que las pastillas que estaba tomando me hacían bien. También me dijo que Leo era parte de esta enfermedad, y que tratara de olvidarme de él, ya que no existía.

Cuando dijo esto me enojé mucho y empecé a gritar como nunca lo había hecho. El doctor Pirinello, al verme en ese estado, mandó llamar a una enfermera y le pidió que trajera un calmante. Entre los dos me sujetaron y la enfermera me dio la inyección en el brazo.

Cuando desperté, me di cuenta que estaba atado a la cama con gruesos cinturones de cuero. Como no podía moverme ni tampoco gritar, porque no había nadie que me escuchara, me puse a pensar en todo lo que había pasado. No podía creer que mi mejor amigo fuera un invento del inconsciente, pero lo de las pastillas era un punto en contra. Pero no. No podía ser que Leo, mi amigo Leo, fuera un mero invento.

Fue el día en que me sentí más vulnerable. Como si cualquier cosa que pasara pudiera acabar con lo poco de cordura que me quedaba. Empecé a llorar. Pero no era un llanto desconsolado, sino callado. Era el llanto de la persona que acaba de caer en la cuenta que todo lo que creía y era había sido una tonta mentira. Estuve así toda la noche.

Al atardecer ya había tomado una decisión. Debía escapar cuanto antes de ese maldito lugar al que algunos llamaban hospital. Para mí era una sala de torturas.

Debía esperar a que llegara la enfermera con la porquería esa que te daban de comer.

Cuando llegó la enfermera con la bandejita que tenía el puré asqueroso y la gelatina incolora, supe que era el momento. Apenas me desató los brazos, la empujé contra la pared y rápidamente liberé mis pies. Una vez hecho esto, salté de la cama y empecé a correr como nunca antes lo había hecho.

Durante un par de segundos no oí nada, pero al instante la enfermera empezó a gritar. Cuando llegué a la puerta, había un guardia esperándome. Sin pensarlo dos veces, lo empujé y salí al exterior.

Recién después de haber corrido dos cuadras, me di cuenta que estaba con la bata del hospital. Esa era la razón por la cual la gente me miraba extrañada. Pero no me importó. Ya había decidido dirigirme hacia el bosque que lindaba con el barrio. Allí nadie podría encontrarme.

Aunque todos dijeran que Leo era una ilusión, un mero invento de mi inconsciente, él era real. Y no me importaba lo que dijeran los psicólogos y expertos en medicina, ellos no sabían nada de nada. Es imposible que una persona viva en un mundo de fantasías toda su vida, por lo cual toda mi vida era real, incluyendo a Leo, las tardes jugando Monópoli y fútbol y las milanesas con papas y huevos fritos.

Cuando había cruzado el linde del bosque, decidí parar un momento a descansar. Había corrido durante más de una hora. Recién en ese momento me di cuenta lo cansado que estaba. Me recosté sobre un árbol para dormir un poco.

De repente me despertó el sonido de pasos cercanos. Abrí los ojos preparado para defenderme de cualquiera que quisiera llevarme de nuevo hacia ese hospital de pesadilla.

Pero lo que vi me desconcertó tanto que me quedé inmóvil. Parado allí, frente a mí, estaba Leo, vestido con ropas blancas que brillaban por el reflejo de la luz del sol. Alrededor de él se sentía una gran calma, como si su cuerpo estuviera en gran armonía con el resto del bosque. Me miró en silencio durante un momento. Su cara mostraba una gran sonrisa de afecto. Sin decirme nada, giró sobre sí mismo y empezó a caminar. A los dos o tres pasos me miró y me hizo un gesto para que lo siguiera. Yo, olvidándome de todo el cansancio, el hambre y la sed que tenía, me paré y lo seguí. Seguramente me llevaría a un lugar seguro, donde no existieran los hospitales, ni los médicos, ni los psicólogos, y donde pudiéramos jugar Monópoli hasta hartarnos, ver “Seinfeild” y jugar al fútbol tardes enteras.

jueves, 18 de octubre de 2007

OBRA MAESTRA

Asesino. NO. El prefería que lo llamaran artista. Los asesino eran algo muy vulgar como para llevar su mismo título. No se podía comparar su genialidad con un simple hombre que disparaba un arma y mataba a alguien. El no mataba a sus víctimas. Es más, él notenía víctimas. Según él eran colaboradores de su arte. Solo que no les preguntaba si querían ser sus colaboradores. ¿Como podría alguien negarse a formar parte de su arte? Sus obras eran la perfección en su más pura escencia. No tenían nada de reprochables. Ni un solo defecto. Y había ignorantes que se animaban a llamarlo bárbaro, loco, insano, demente. Pero era un genio, y como la mayoría de los genios, incomprendido. El mundo no estaba preparado para su arte. Había nacido en el tiempo equivocado. Y ahora se animaban a dcir que era un asesino. Ya estaba harto de repetir que no era ningún asesino. Igual lo peor de todo no era eso. Lo que más le enfurecía era que los únicos que podían apreciar sus obras eran los forenses. Malditos ignorantes. Lo único que habían hecho había sido ver su obra maestra con un profundo asco y luego la habían desarmado, destrozado, despedazado. No lo habían dejado ni siquiera fotografiarla. Su obra ahora estaba hecha añicos, distribuida en varios ataúdes...

EL COLECTIVERO

-¡Uno de setenta y cinco!-
-¡Uno de ochenta!-
-Dale loco, ¡apurá la máquina que llego tarde!-
Esas son las cosas que tengo que escuchar a diario.La gente sube, baja, pero nunca se acuerdan del señor colectivero, ese que todos los días recorre el mismo camino para llevarlos a sus trabajos, casas, de compras o simplemente de paseo por toda la ciudad. Nunca una maldita palabra de amabilidad, como un “por favor”, un “gracias” o un “buen día”, nada. Sólo van concentrados en sus destinos. Como si nadie más existiera en este mundo.
Otra característica de estos “agradables” pasajeros es el hecho de quejarse por cualquier cosa que no les queda cómoda. Los días de mucho calor, se quejan porque las ventanas no se pueden abrir, los de mucho frío, se quejan porque no se pueden cerrar.

Ni hablar cuando el colectivo está repleto de gente, entre la humedad, el calor o el frío, y el sudor de la gente, es impresionante la capacidad de inventar nuevos insultos que tiene la gente. A veces, a pesar de que la mayoría de los insultos van dirigidos hacia mí, me hacen reír mucho. Debería escribirlos en un librito, para después venderlo a esos mismos pasajeros que los inventaron. Pero es muy raro que alguien se acuerde del pobre colectivero, que sufre lo mismo o más que ellos durante todo el día, sin descanso ni pausa.
Otro problema que se presenta es el de la maldita máquina de los boletos. Creo que la gente se enoja más por causa de ésta que por lo anterior. Encima creen que además de colectivero soy técnico, porque, después de insultar como si estuvieran frente al mismo demonio, vienen a pedirme a gritos que arregle la máquina o que les devuelva las monedas que ésta les tragó. Sinceramente, nunca tendrían que haber cambiado el viejo sistema de la carterita que llevaba cada conductor en su cintura, la gente le decía hasta donde quería llegar, y él le entregaba su boletito con su vuelto. Pero la tecnología llega a todos lados, incluso a los oscuros colectivos.
Otro de los martirios sufridos por los de mi gremio son las salvajadas que la gente hace con sus autos. Te pasan como si estuvieran en un autódromo, y encima te acusan de ir demasiado lento. ¡Cómo quieren que vaya rápido, cuando tengo que manejar semejante mastodonte, parando cada tres cuadras, esquivando a cada idiota que se cruza y haciendo un esfuerzo sobrehumano para no empezar a discutir con cada pasajero!
Pero la gente tiene la necesidad de echarle la culpa a alguien, para poder acostarse a la noche tranquilos, porque ellos nunca hicieron una maniobra peligrosa, fue el idiota del colectivero que está apurado por llegar a la siguiente parada. Es como si yo, o cualquier colectivero, fuera el devorador de pecados, absorbo las culpas de cada loco que maneja. No se puede creer que la gente sea tan inconsciente y tan soberbia.
Igual, lo peor de todo, fue cuando una viejita me hizo una denuncia a mí y a la empresa para la cual trabajo. El problema surgió porque la máquina de los boletos no le devolvió una moneda de cinco centavos, y la señora se puso como loca, empezó a pedirme a mi que le devolviera la monedita, que esto era una falta total de respeto, que esto, que el otro. Le dije que debía hablar con la compañía, que yo no tenía nada que ver. Es raro, porque la gente cree que el colectivo es del conductor, no se sabe por qué. El tema es que la señora fue a hacer una denuncia a Derechos del Consumidor, y se armó un lío bárbaro. Encima mis jefes me echaban la culpa a mi, diciéndome que por qué no le había dado la moneda a la señora y listo. Estaba tan enojado, que les dije que yo no tenía por qué darle la moneda a la señora, que ese era problema suyo por no tener las máquinas de los boletos en buen estado ni con el cambio suficiente. Casi me echan de patitas a la calle de no ser porque tuvieron en cuenta mi trayectoria con la empresa.
Gracias a Dios que siempre que llego a casa tengo a mi mujer que me espera, si no, no se que haría. Creo que habría enloquecido varios años atrás.
Pero no hay mejor momento en el día como cuando por fin me acuesto en mi cama, tranquilo, sin culparme de ningún accidente, ni ninguna maniobra peligrosa, ni de ninguna de esas cosas que la gente cree que yo hice. Ellos creen que echándole la culpa al colectivero está todo solucionado.

ESOS BÁRBAROS...!!!!

Loco. Eso es lo que creen los bárbaros que soy. Pero lo que yo pienso de los bárbaros es que son todos unos ignorantes. La definición del diccionario de loco es: “Que ha perdido la razón * De poco juicio * Demente”. Sostengo que no presento ninguna de esas cualidades, por ende, no es posible llamarme “loco”. Sería un desprecio hacia los “locos” decirme de esa manera, porque esa gente, a la cual comúnmente llamamos “locos”, padecen o padecieron de algún mal muy terrible para llegar a ese estado, son enfermos. En cambio yo no soy ningún enfermo, soy solo una persona que está siendo juzgada por un “crimen”. No entiendo a que llaman los bárbaros crimen, cuando lo único que hice fue seguir lo que a mi parecer fue correcto. Pero claro, cuando un ídolo pop hace lo que para él fue correcto, la gente sólo dice “pobre, se equivocó” o “estaba confundido”.
Pero yo tengo que ser sometido a insultos, hostilidades y todo tipos de torturas psicológicas simplemente por hacer lo que a mi entender estaba correcto. Los bárbaros no quieren entender que yo hice un bien a esta comunidad con mi acción. Pero para ellos es una brutalidad, una “locura”, una barbaridad, un acto de un lunático, y otros nombres que se la han ido dando a mi acto de bien mientras se lleva a cabo el juicio, que, se dejara la solución del mismo a los bárbaros, seguramente éstos ya me habrían aniquilado, cumpliendo con su naturaleza primitiva.

Pero por suerte en esta comunidad contamos con un sistema de justicia que es un poco más razonable que el resto de la comunidad.
Sigo sin entender el comportamiento de estos bárbaros para conmigo. En mi opinión, ellos son los locos de remate, porque no tienen la más mínima idea de lo que están haciendo al juzgarme, ni tienen idea de mis razones, que cualquier persona con dos dedos de frente podría deducir.
Pero ellos son unos bárbaros, unos ingenuos, unos brutos, representan la decadencia humana, el peligro que corre la especie de perecer en sus propias manos.
Alguien debería acabar con sus miserables vidas, ya que no deberían seguir pisando la superficie hermosa de este planeta, manchándola con su pobre existencia, carente de conocimiento alguno, excepto el del bien propio, sin preocuparse nunca por lo que cada persona ajena a su diminuto mundo puede pensar u opinar, la única opinión posible es la de ellos.
Justamente allí se encuentra la mayor parte de su barbaridad, en no poder ver más allá del metro de distancia en el cual están parados.
Pero yo todavía tengo la esperanza de que algún día algún ser sabio como yo pueda acabar con su barbarie, y poner fin a este insulto que representan todos los bárbaros a la humanidad. Alguien que, sin pasar por lo que yo estoy pasando en este momento, pueda explicarles la obviedad que alguna vez no hace mucho intenté explicarles a mis pequeños alumnos del primer grado.
Ellos si que representaban con todas las letras al término “barbarie”. Eran unos brutos. Todavía no puedo entender como era posible que no me entendieran cuando trataba de inculcarles en sus jóvenes cabezas, conceptos tan básicos.
Estuve tratando de que lo entendieran desde que había empezado el año escolar, pero ellos me miraban anonadados y con ojos como de sapo, cuando nombraba esos términos que para cualquier ser inteligente hubieran resultado tan simples como el uno más uno.
Cuando llegaron las primeras notas de las evaluaciones, también llegaron las lluvias de cartas y pedidos de entrevistas urgentes que me enviaban los padres de los barbaritos, pidiendo explicaciones de que cómo era posible que tomara ese simple tema a niños del primer grado, cuando ellos estaban recién aprendiendo a escribir. Es más, algunos bárbaros ni siquiera me mandaban notas a mí, sino que se las mandaban al rector general solicitando mi renuncia de la institución educativa en la que durante tantos años había yo luchado cuerpo a cuerpo, en cada aula y cada hora de clase, contra la barbaridad.
Cada año, el programa que me enviaba el rector me parecía más y más tonto, tanto, que durante ese glorioso año para toda la raza inteligente, había yo solicitado casi de rodillas al director que me permitiera crear mi propio programa de estudios, prometiéndole que no se iba a arrepentir. Supongo que por mi antigüedad en la escuela y por mi trayectoria, éste accedió a mi pedido.
Pero parece que ningún plan de estudios, por más elaborado que sea, puede acabar contra esa maldita barbaridad en la cual me vi envuelto durante tantos años.
Pero ya no más. Nunca más volveré a ver a esos hijos de bárbaros.
Es por esa razón que hoy me están transportando hacia la cámara de gas, donde encontraré la muerte. Por el heroico hecho de haber acabado con veinticinco barbaritos, poniéndoles un poquito de cianuro en sus bebidas.
Pero entiéndame señor lector, los barbaritos se negaban a aprender las bases de la educación, se negaban a abandonar la barbaridad en la que se encontraban envueltos, dicho en pocas palabras, ¡se negaban a aprender la maldita teoría de la relatividad!

EL LOCO

¿Consideraría usted, señor lector, loco a una persona que está encerrada en una celda de un instituto para gente mentalmente insana?
Probablemente si. Porque es lo más lógico pensar que una persona que se encuentra en ese lugar es un loco, ya sea porque nació con problemas mentales, ya sea porque sufrió mucho o porque simplemente se le “soltó un tornillo”. Así es como piensa la mayoría de la gente. Pero a nadie se le ocurre pensar en el verdadero por qué del estado mental del loco del que hablamos.
Yo pensaba de la misma manera en que lo hace la mayoría de la gente, creía que los locos eran esas personas que le “faltaban un par de jugadores en la cancha” o los que les “faltaban un par de caramelos en el frasco”. Pero un día uno de estos locos me abrió la cabeza. Fue como si me echaran un balde de agua fría en la cara luego de haber estado durmiendo una larga siesta.
Todo pasó una tarde de mediados de octubre, cuando iba a visitar a mis pacientes en el hospital (discúlpenme, me olvidé de aclarar que soy psiquiatra).
Resulta ser que uno de los enfermeros de3l hospital me informó que había llegado un nuevo paciente. Supuestamente, se lo habían derivado al doctor Schneider, pero éste estaba de vacaciones en ese momento, así que el hospital me solicitaba que me hiciera cargo del paciente mientras el doctor regresaba.
El paciente se llamaba Carlos Lindemann, era hijo de alemanes, pero sus padres se habían radicado en la Argentina durante la segunda guerra mundial. Él había nacido aquí, pero sus padres le habían inculcado un gran respeto por sus orígenes, así que el señor Lindemann se sentía más alemán que argentino.
Había llegado al hospital de manera voluntaria, porque, según él, no podía soportar a las personas ni al mundo en el que vivimos. Por todas estas situaciones, había intentado suicidarse varias veces, pero volvía para atrás justo antes de hacerlo. Todo esto estaba escrito en el reporte que me había pasado el enfermero.
Me pareció un poco raro que una persona pudiera internarse voluntariamente en un hospital público. Así se lo transmití al enfermero, y éste me dijo que supuestamente no se podía, pero el tal Carlos había amenazado con suicidarse si no le permitían quedarse en el hospital.
Más por curiosidad que por otra cosa, le pregunté al enfermero en que habitación se encontraba el señor Lindemann, y sin esperar un minuto más, me dirigí hacia la habitación que me había señalado.
Cuando intenté abrir la puerta del cuarto 156, me di cuenta que el señor Lindemann había puesto la cama contra la misma, de manera tal que no se pudiera abrir desde afuera ni desde adentro. Golpeé un par de veces y, de repente, apareció la cara que deduje, debía ser la del señor Carlos Lindemann. Me miró un momento y luego me preguntó quien era. Le dije que yo era el médico al que le habían asignado su caso. Me estuvo mirando un momento más, y luego desapareció. Al momento, escuché el ruido de la cama, que estaba siendo arrastrada por el piso. Segundos después, la puerta se abrió y pude entrar al recinto.
Cuando entré, el señor Lindemann ya estaba sentado en la cama.
Lo primero que le pregunté fue por qué había cerrado la puerta. Me respondía que lo había hecho porque le tenía miedo a la gente, pero que me había dejado entrar porque necesitaba hablar con alguien, y que a su parecer un doctor era la persona indicada.
Su forma de hablar y su vocabulario denotaban una inteligencia que era raro ver en gente que había intentado suicidarse. Además, su voz era tranquila y transmitía esa tranquilidad a sus interlocutores.
Empecé a hacerle unas preguntas de diagnóstico, antes de empezar a tratar lo de su problema. Respondió a todas de una manera de la que era imposible deducir que se estaba tratando con un “loco”.
Le pregunté porqué había tratado de suicidarse, y me dijo que el mundo era en si una jaula de locos. Me dijo que si el mundo era un loquero, el lugar más apropiado para una persona como él era la celda del la institución.
Le pedí por favor que me explicara bien esa idea de la que estaba hablando, ya que me había generado una curiosidad enorme.
Me explicó que la gente no sabe apreciar nada, que todos viven envueltos en sus propias ideas, que viven tan rápido que se olvidan de disfrutar la verdadera vida. Me contó que él solía ser como esa gente, pero que un accidente le había abierto la mente. Desde ese día, él había vivido como si cada día fuera el último, aprovechando cada oportunidad que se le presentaba, por más pequeña que fuera, de disfrutar esos instantes que casi toda la gente deja pasar como si fueran una pérdida de tiempo. Al darse cuenta de esa realidad en la que vivía, intentó suicidarse un par de veces, pero el valor le fallaba justo antes de intentarlo. Por eso había ido al manicomio, para poder aislarse de toda esa sociedad de locos.
Cuando terminó de hablar, yo estaba anonadado. Me había impresionado tanto su historia, que le presenté una pobre excusa y lo dejé solo en su habitación.
Me fui corriendo al patio del hospital para poder pensar un rato en soledad.
Luego de un par de horas meditando, me decidí. Subí corriendo las escaleras del hospital y me dirigí hacia la oficina del director del mismo.
Cinco minutos después, un enfermero me estaba encerrando en una celda.

LLORAR

Mudo, ciego, sordo, quieto. Nada.
Algunos solo pasan por adelante, ni siquiera lo miran.
Otros lo miran compungidos, pero hasta ahi llegan.
Los que lo sentían mas cercano le dirigen una dulce mirada, alguna palabra tierna, como de aliento, como si trataran de darle un ultimo empujoncito, que solo llega a oidos que ya dejaron de escuchar. El simplemente se resigna a la suerte que le tocó. Ya nada puede hacer.
Solamente escuchar el eterno silencio, observar la infinita oscuridad y no sentir. Tan trranquilo se está allí que solo un alma que desconoce ese apacible lugar
desearía volver del mismo. Esa paz que siente la refleja cual espejo su rostro.
Una sonrisa calmada y sutil asoma en las comisuras de su boca. Pero nadie logra darse cuenta. Es tal la tristeza que se adueña del ambiente que nadie
puede notar que él está feliz. Le encantaría poder tranquilizarlos. Poder decirles lo contento y tranquilo que se está en ese páramo perdido del mundo,
escondido de los ojos mortales que en vano lo buscan. Ese sería el último detalle para lograr que su felicidad sea completa. No es mucho lo que pide. Tan solo poder dar un último adiós, calmar el llanto compungido de su madre, curar la angustia de su padre, secar las lágrimas de su hermana. Pero ya no hay vuelta atrás. Son cosas que te sorprenden. Cuando menos lo esperás suceden, y ya no hay retorno. Solo llanto amargo, lágrimas dolorosas, quejidos que en vez de curar y aliviar el alma le agregan un peso insoportable. Porque cada quejido viene acompañado de un recuerdo. Un momento que se compartió, una sonrisa, un abrazo, un beso, una parte de memoria que debería lograr una sonrisa. Pero no.
Solo aumenta el dolor. Se va cayendo en la cuenta de que todo terminó. Todos esos recuerdos solo van a ser eso, recuerdos. Para siempre.
¿Pero que pasaría si alguien nos revelara que no son solo recuerdos?
¿Que en la memoria es donde yace el secreto de la vida?
¿Acaso eso no calmaría nuestro dolor apenas un poco?
NO. Ya habrá momentos para reflexionar estas cosas y otras. Ya habrá momentos para recordar y sonreir. Ahora solo resta llorar.