Loco. Eso es lo que creen los bárbaros que soy. Pero lo que yo pienso de los bárbaros es que son todos unos ignorantes. La definición del diccionario de loco es: “Que ha perdido la razón * De poco juicio * Demente”. Sostengo que no presento ninguna de esas cualidades, por ende, no es posible llamarme “loco”. Sería un desprecio hacia los “locos” decirme de esa manera, porque esa gente, a la cual comúnmente llamamos “locos”, padecen o padecieron de algún mal muy terrible para llegar a ese estado, son enfermos. En cambio yo no soy ningún enfermo, soy solo una persona que está siendo juzgada por un “crimen”. No entiendo a que llaman los bárbaros crimen, cuando lo único que hice fue seguir lo que a mi parecer fue correcto. Pero claro, cuando un ídolo pop hace lo que para él fue correcto, la gente sólo dice “pobre, se equivocó” o “estaba confundido”.Pero yo tengo que ser sometido a insultos, hostilidades y todo tipos de torturas psicológicas simplemente por hacer lo que a mi entender estaba correcto. Los bárbaros no quieren entender que yo hice un bien a esta comunidad con mi acción. Pero para ellos es una brutalidad, una “locura”, una barbaridad, un acto de un lunático, y otros nombres que se la han ido dando a mi acto de bien mientras se lleva a cabo el juicio, que, se dejara la solución del mismo a los bárbaros, seguramente éstos ya me habrían aniquilado, cumpliendo con su naturaleza primitiva.
Pero por suerte en esta comunidad contamos con un sistema de justicia que es un poco más razonable que el resto de la comunidad.
Sigo sin entender el comportamiento de estos bárbaros para conmigo. En mi opinión, ellos son los locos de remate, porque no tienen la más mínima idea de lo que están haciendo al juzgarme, ni tienen idea de mis razones, que cualquier persona con dos dedos de frente podría deducir.
Pero ellos son unos bárbaros, unos ingenuos, unos brutos, representan la decadencia humana, el peligro que corre la especie de perecer en sus propias manos.
Alguien debería acabar con sus miserables vidas, ya que no deberían seguir pisando la superficie hermosa de este planeta, manchándola con su pobre existencia, carente de conocimiento alguno, excepto el del bien propio, sin preocuparse nunca por lo que cada persona ajena a su diminuto mundo puede pensar u opinar, la única opinión posible es la de ellos.
Justamente allí se encuentra la mayor parte de su barbaridad, en no poder ver más allá del metro de distancia en el cual están parados.
Pero yo todavía tengo la esperanza de que algún día algún ser sabio como yo pueda acabar con su barbarie, y poner fin a este insulto que representan todos los bárbaros a la humanidad. Alguien que, sin pasar por lo que yo estoy pasando en este momento, pueda explicarles la obviedad que alguna vez no hace mucho intenté explicarles a mis pequeños alumnos del primer grado.
Ellos si que representaban con todas las letras al término “barbarie”. Eran unos brutos. Todavía no puedo entender como era posible que no me entendieran cuando trataba de inculcarles en sus jóvenes cabezas, conceptos tan básicos.
Estuve tratando de que lo entendieran desde que había empezado el año escolar, pero ellos me miraban anonadados y con ojos como de sapo, cuando nombraba esos términos que para cualquier ser inteligente hubieran resultado tan simples como el uno más uno.
Cuando llegaron las primeras notas de las evaluaciones, también llegaron las lluvias de cartas y pedidos de entrevistas urgentes que me enviaban los padres de los barbaritos, pidiendo explicaciones de que cómo era posible que tomara ese simple tema a niños del primer grado, cuando ellos estaban recién aprendiendo a escribir. Es más, algunos bárbaros ni siquiera me mandaban notas a mí, sino que se las mandaban al rector general solicitando mi renuncia de la institución educativa en la que durante tantos años había yo luchado cuerpo a cuerpo, en cada aula y cada hora de clase, contra la barbaridad.
Cada año, el programa que me enviaba el rector me parecía más y más tonto, tanto, que durante ese glorioso año para toda la raza inteligente, había yo solicitado casi de rodillas al director que me permitiera crear mi propio programa de estudios, prometiéndole que no se iba a arrepentir. Supongo que por mi antigüedad en la escuela y por mi trayectoria, éste accedió a mi pedido.
Pero parece que ningún plan de estudios, por más elaborado que sea, puede acabar contra esa maldita barbaridad en la cual me vi envuelto durante tantos años.
Pero ya no más. Nunca más volveré a ver a esos hijos de bárbaros.
Es por esa razón que hoy me están transportando hacia la cámara de gas, donde encontraré la muerte. Por el heroico hecho de haber acabado con veinticinco barbaritos, poniéndoles un poquito de cianuro en sus bebidas.
Pero entiéndame señor lector, los barbaritos se negaban a aprender las bases de la educación, se negaban a abandonar la barbaridad en la que se encontraban envueltos, dicho en pocas palabras, ¡se negaban a aprender la maldita teoría de la relatividad!

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