Probablemente si. Porque es lo más lógico pensar que una persona que se encuentra en ese lugar es un loco, ya sea porque nació con problemas mentales, ya sea porque sufrió mucho o porque simplemente se le “soltó un tornillo”. Así es como piensa la mayoría de la gente. Pero a nadie se le ocurre pensar en el verdadero por qué del estado mental del loco del que hablamos.
Yo pensaba de la misma manera en que lo hace la mayoría de la gente, creía que los locos eran esas personas que le “faltaban un par de jugadores en la cancha” o los que les “faltaban un par de caramelos en el frasco”. Pero un día uno de estos locos me abrió la cabeza. Fue como si me echaran un balde de agua fría en la cara luego de haber estado durmiendo una larga siesta.
Todo pasó una tarde de mediados de octubre, cuando iba a visitar a mis pacientes en el hospital (discúlpenme, me olvidé de aclarar que soy psiquiatra).
Resulta ser que uno de los enfermeros de3l hospital me informó que había llegado un nuevo paciente. Supuestamente, se lo habían derivado al doctor Schneider, pero éste estaba de vacaciones en ese momento, así que el hospital me solicitaba que me hiciera cargo del paciente mientras el doctor regresaba.
El paciente se llamaba Carlos Lindemann, era hijo de alemanes, pero sus padres se habían radicado en la Argentina durante la segunda guerra mundial. Él había nacido aquí, pero sus padres le habían inculcado un gran respeto por sus orígenes, así que el señor Lindemann se sentía más alemán que argentino.
Había llegado al hospital de manera voluntaria, porque, según él, no podía soportar a las personas ni al mundo en el que vivimos. Por todas estas situaciones, había intentado suicidarse varias veces, pero volvía para atrás justo antes de hacerlo. Todo esto estaba escrito en el reporte que me había pasado el enfermero.
Me pareció un poco raro que una persona pudiera internarse voluntariamente en un hospital público. Así se lo transmití al enfermero, y éste me dijo que supuestamente no se podía, pero el tal Carlos había amenazado con suicidarse si no le permitían quedarse en el hospital.
Más por curiosidad que por otra cosa, le pregunté al enfermero en que habitación se encontraba el señor Lindemann, y sin esperar un minuto más, me dirigí hacia la habitación que me había señalado.
Cuando intenté abrir la puerta del cuarto 156, me di cuenta que el señor Lindemann había puesto la cama contra la misma, de manera tal que no se pudiera abrir desde afuera ni desde adentro. Golpeé un par de veces y, de repente, apareció la cara que deduje, debía ser la del señor Carlos Lindemann. Me miró un momento y luego me preguntó quien era. Le dije que yo era el médico al que le habían asignado su caso. Me estuvo mirando un momento más, y luego desapareció. Al momento, escuché el ruido de la cama, que estaba siendo arrastrada por el piso. Segundos después, la puerta se abrió y pude entrar al recinto.
Cuando entré, el señor Lindemann ya estaba sentado en la cama.
Lo primero que le pregunté fue por qué había cerrado la puerta. Me respondía que lo había hecho porque le tenía miedo a la gente, pero que me había dejado entrar porque necesitaba hablar con alguien, y que a su parecer un doctor era la persona indicada.
Su forma de hablar y su vocabulario denotaban una inteligencia que era raro ver en gente que había intentado suicidarse. Además, su voz era tranquila y transmitía esa tranquilidad a sus interlocutores.
Empecé a hacerle unas preguntas de diagnóstico, antes de empezar a tratar lo de su problema. Respondió a todas de una manera de la que era imposible deducir que se estaba tratando con un “loco”.
Le pregunté porqué había tratado de suicidarse, y me dijo que el mundo era en si una jaula de locos. Me dijo que si el mundo era un loquero, el lugar más apropiado para una persona como él era la celda del la institución.
Le pedí por favor que me explicara bien esa idea de la que estaba hablando, ya que me había generado una curiosidad enorme.
Me explicó que la gente no sabe apreciar nada, que todos viven envueltos en sus propias ideas, que viven tan rápido que se olvidan de disfrutar la verdadera vida. Me contó que él solía ser como esa gente, pero que un accidente le había abierto la mente. Desde ese día, él había vivido como si cada día fuera el último, aprovechando cada oportunidad que se le presentaba, por más pequeña que fuera, de disfrutar esos instantes que casi toda la gente deja pasar como si fueran una pérdida de tiempo. Al darse cuenta de esa realidad en la que vivía, intentó suicidarse un par de veces, pero el valor le fallaba justo antes de intentarlo. Por eso había ido al manicomio, para poder aislarse de toda esa sociedad de locos.
Cuando terminó de hablar, yo estaba anonadado. Me había impresionado tanto su historia, que le presenté una pobre excusa y lo dejé solo en su habitación.
Me fui corriendo al patio del hospital para poder pensar un rato en soledad.
Luego de un par de horas meditando, me decidí. Subí corriendo las escaleras del hospital y me dirigí hacia la oficina del director del mismo.
Cinco minutos después, un enfermero me estaba encerrando en una celda.

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